• El misterio de la nao San Lesmes

    Marineros españoles fueron los primeros en llegar a Australia según la teoría de Robert Langdon

  • Los mineros de la fe

    Miles de eremitas eligieron alejarse del mundo buscanbdo a Dios en las rocas

  • La fuga de Alcatraz: 50 años sin resolver

    La noche del 11 de junio de 1962, los presos Frank Lee Morris y los hermanos John y Clarence Anglin escaparon de la prisión de Alcatraz y alcanzaron las frías aguas de la Bahía de San Francisco.

  • Rennés-le-Château

    En este pequeño pueblo francés hay una iglesia muy especial. El tesoro de los cátaros y el supuesto linaje de Jesucristo están en boca de los visitantes.

La fórmula romana contra el calentamiento global

El hormigón que empleaban los romanos era más duradero y ecológico que el utilizado en nuestros días. Esa es al menos la conclusión a la que ha llegado un grupo de investigadores de la Universidad de Berkeley, en California.

El equipo, liderado por el ingeniero Paulo Monteiro, ha estudiado la fórmula empleada por los romanos en la construcción de varios puertos a lo largo de todo el Mediterráneo. Se trata de unas obras de ingeniería que han perdurado hasta hoy y que además se han conservado de forma espectacular. 

El cemento más frecuentemente utilizado durante la edad contemporánea apenas resiste cincuenta años bajo el agua. Los cementos elaborados en la actualidad están diseñados para duplicar esta duración. Aún así, la mayoría de las construcciones submarinas que utilizan este tipo de cemento comenzarán a deteriorarse de forma irremediable en uno o dos siglos. 

“Se trata de cementos muy diferentes”, explica Monteiro desde Berkeley por correo electrónico. “El hormigón moderno usa cemento Portland, que se produce combinando arcilla y caliza a una alta temperatura. El hormigón romano utilizaba cal (óxido de calcio) y puzolana, una ceniza volcánica”. 

La elaboración del cemento utilizado como aglutinante del hormigón requiere calentar esa mezcla de caliza y arcilla hasta una temperatura de 1450 grados centígrados, en un proceso en que se generan grandes emisiones de carbono. Los autores del trabajo aseguran que la fabricación de cemento estándar representa el siete por ciento de las emisiones globales de carbono. 

En la mezcla utilizada por los romanos, sin embargo, tan solo es necesario calentar la caliza a unos 900 grados o incluso a una temperatura inferior. El secreto reside en la utilización de estas cenizas volcánicas, que al reaccionar con el agua del mar ayudan a dar estabilidad a la mezcla. 

Los investigadores han analizado de este cemento para conocer la fórmula empleada por los romanos. En concreto han estudiado una muestra del año 37 antes de Cristo, extraída de un dique romano situado en Pozzuoili, en el norte de la bahía de Nápoles, lugar en el que los romanos extraían estas cenizas volcánicas y que precisamente da nombre a las puzolanas. 

Algunos tipos de cemento ecológico ya incorporan desde hace tiempo puzolanas similares al polvo de ceniza utilizado por los romanos. Precisamente en Arabia Saudí, país que ha financiado en parte el estudio de Berkeley, hay grandes depósitos de este material de silicio. 

“No estamos proponiendo utilizar en nuestros días hormigón romano”, aclara Monteiro. “Lo que sugerimos es que debería utilizarse más material de puzolanas junto al cemento Portland, combinando de esta forma las tecnologías antiguas y modernas”, concluye.

Rennés-le-Château


En este pequeño pueblo francés hay una iglesia muy especial. El tesoro de los cátaros y el supuesto linaje de Jesucristo están en boca de los visitantes.

“Terribilis est locus iste”. Éste es un lugar terrible. La bienvenida que se da al visitante no es muy halagüeña, aún menos si tenemos en cuenta que estamos a las puertas de una iglesia.

Nos encontramos en el país cátaro. Así nos lo recuerdan numerosas señales turísticas diseminadas por la región. “Le pays cathare”. Estamos en el Langedoc francés, en el Departamento de Aude.

Además de numerosos castillos, esta zona alberga un sitio muy especial: Rennés-le-Château. Este pueblecillo que tantos visitantes atrae ha sido también el motivo principal de nuestra visita. Aquí tiene su origen un misterio protagonizado por un cura y su extraña iglesia.

Para ser un pueblecillo tan pequeño, Rennés-le-Château está muy bien aprovisionado. Dos restaurantes, dos parkings, librerías y tiendas de artesanía… en una de esas tiendas puede comprarse una guía para el visitante por 6 euros. Puede adquirirse en francés, en alemán, en inglés o en castellano. Hay quien no ha querido desperdiciar la oportunidad de aprovechar el trasiego de visitantes.

De vez en cuando abren la iglesia al público. Entre las personas que allí entran podrían distinguirse dos actitudes. A algunos se les nota fe en el rostro. A otros, curiosidad. Pero tanto unos como otros parecen tener la misma sensación: esa iglesia no es normal. Tan pronto como se accede a ella se es recibido por el mismísimo diablo.

Unos curiosos manuscritos

François Berenguer Sauniere era un cura recién llegado a Rennés-le-Château. Sucedió en 1885. Un cura pobre destinado a un pueblo pobre. La propia iglesia del pueblo estaba en una situación bastante lamentable, así que Sauniere dedicó el dinero obtenido de pequeñas donaciones a la reconstrucción del altar.

En entonces cuando Sauniere encuentra algo muy especial escondido bajo el altar. Eran unos antiguos manuscritos y llamaron enseguida la atención del cura.

Con esos papeles en mano, Sauniere se dirigió a París, donde consiguió una importante cantidad de dinero. Con ese dinero hizo importantes mejoras en la iglesia de Rennés-le-Château, además de construir curiosos edificios como la Torre Magdala o Villa Betania.

¿Qué fue lo que descubrió Sauniere y le dio tantas riquezas? Hay por hay no apenas sabemos nada sobre lo que encontró Sauniere, pero sobre ello se han propuesto una gran cantidad de especulaciones y teorías.

La pista cátara

Los cátaros dominaron está región durante muchos años. La herejía cátara se extendió rápidamente durante el siglo XII. Criticaban los sacramentos y las riquezas de Roma y proponían un estilo de vida ascético. También defendían que Jesucristo no murió en la cruz. Llevaban siempre consigo el Evangelio de San Juan, el único auténtico según su creencia. El Papa Inocencio III instigó una cruzada contra los cátaros y la herejía fue reprimida con una crueldad pasmosa. Por ello, los cátaros se vieron obligados a refugiarse en torno a los Pirineos.

En 1244 los franceses sitiaron el castillo de Montsegur, que se había convertido en el último refugio de los cátaros. En la consiguiente matanza mataron a los últimos cátaros, que acabaron en la hoguera. Pero, al parecer, antes del ataque final, cuatro cátaros lograron evadir el sitio descolgándose por un precipicio, logrando salvar así el “tesoro espiritual” de los herejes. Pero, ¿en qué consistía este tesoro?.

Algunos investigadores defienden una arriesgada teoría. El tesoro salvado por los cátaros tenía relación con la vida de Jesucristo: el nazareno no murió en la cruz y tuvo descendencia con María Magdalena. Los cátaros eran conocedores de este secreto y se convirtieron en cuidadores del linaje de Jesucristo. Y la Iglesia, por supuesto, no estaba dispuesta a aceptar este conocimiento que ponía a temblar sus propios cimientos.

Hay autores que han defendido desde hace tiempo este tipo de teorías, que se han hecho ahora famosas gracias a la novela “El Código Da Vinci”. Los cátaros, los templarios, María Magdalena, los merovingios, los visigodos, Salomón… son términos que se entremezclan en estas diferentes hipótesis, aunque todas ellas tienen un denominador común: Jesucristo no fue el hijo de dios, sino un simple mortal.

¿Qué encontró Sauniere?¿Acaso fue el tesoro espiritual de los cátaros? Y, quizás lo más importante, ¿de dónde obtuvo tanto dinero?.¿Quiso el Vaticano silenciar a Sauniere con dinero?, ¿O quizás ese dinero tuvo otro origen?. Se han propuesto una gran cantidad de respuestas, casi tantas como preguntas, pero a día de hoy aún no hay nada claro. Sauniere dejó muchas pistas en si renovada iglesia, pero llevó su secreto a la tumba. Y no parece que el diablo Asmodeo, guardián de la iglesia de Rennés-le-Château, esté dispuesto a proporcionarnos las respuestas.

La fuga de Alcatraz: 50 años sin resolver



A las siete y media de la mañana del 12 de junio de 1962 uno de los guardias de la prisión se acercó a una celda. El preso que la ocupaba no se había despertado. Extrañado, el guardia introdujo su porra entre los barrotes y dio un ligero toque en la cabeza que sobresalía de entre las sábanas con la intención de despertarlo. Al instante, la cabeza cayó rodando al suelo. Horrorizado, el agente pensó que alguien había decapitado al preso. Pero pronto se dio cuenta de que está equivocado. No era una cabeza humana real, sino un burdo montaje: era una cabeza de postín. Inmediatamente dio la voz de alarma, que se extendió como la pólvora por las instalaciones de la que era considerada en ese momento como la prisión más segura de los Estados Unidos. Alguien se había fugado de Alcatraz.

La noche del 11 de junio de 1962, los presos Frank Lee Morris y los hermanos John y Clarence Anglin escaparon de la prisión de Alcatraz y alcanzaron las frías aguas de la Bahía de San Francisco. Es cuanto se sabe de ellos, porque a partir de ese momento se les perdió la pista para siempre. Cincuenta años después de su espectacular huida nadie sabe a ciencia cierta si los prófugos lograron alcanzar la libertad o si perecieron ahogados en las aguas de la bahía.

Morris, el cerebro del grupo, tenía claro que intentaría la huida desde el mismo momento en el que pisó Alcatraz por primera vez. Enseguida reparó en un ventilador del techo que no estaba sellado con cemento y urdió un plan de escape junto a los hermanos Anglin y el preso Allen West. Si lograban llegar hasta el ventilador, sería fácil desmantelarlo y acceder a la azotea de la prisión. Pero el camino para llegar hasta el techo no era fácil. Para alcanzarlo debían llegar a las tuberías que conectaban sus celdas con el sistema de ventilación. Los habitáculos tenían una pequeña reja metálica de 13 por 24 centímetros, por lo que para poder atravesar el estrecho agujero tenían que agrandarlo sin que los guardias ni los otros presos se dieran cuenta.

Los cuatro cómplices llevaron a cabo su meticuloso plan en absoluto secreto durante al menos seis meses. Poco a poco se hicieron con utensilios de la prisión para ser utilizados como herramientas. Pasaron días y noches abriendo un agujero en la rejillas de ventilación utilizando cucharas afiladas como únicas herramientas. Para disimular el butrón, elaboraron unas falsas rejillas a base de cartón y cigarrillos.

Pero lo que dio al plan el toque maestro fue la creación de maniquíes con elaboradas cabezas a base de alambre, escayola, jabón y pelo humano que uno de los hermanos Anglin había hurtado mechón a mechón de la barbería de la prisión.


Sin embargo, el principal obstáculo al que debían hacer frente los reos era la propia bahía de San Francisco, con sus gélidas aguas y fuertes corrientes marinas. Años antes otros presos habían logrado escapar y llegar a las aguas de la bahía, pero habían perecido ahogados. Los tres protagonistas de este nuevo intento de fuga lo sabían, y por eso pusieron mucho cuidado en una idea que diferenciaría su huida de los otros intentos: a base de impermeables y otros elementos construyeron una lancha y chalecos salvavidas para sortear las corrientes.



Sin noticias hasta hoy

Tras el conteo de las nueve y media de la noche, los reos se pusieron en marcha, accediendo a las tuberías de ventilación. Sin embargo, mientras que Morris y los Anglis lograron pasar a través del agujero de sus celdas, Allan West no consiguió traspasar su agujero. Los tres siguieron su plan sin el cuarto cómplice, que más tarde rebelaría al FBI muchos de los detalles del plan de huida. De esta forma, Morris y los Anglin alcanzaron la azotea de la prisión y, sorteando la estrecha vigilancia, llegaron hasta el agua.

En los interrogatorios posteriores Allan West afirmó que el plan consistía en alcanzar la Isla del Ángel como punto intermedio y luego intentar llegar al continente, donde robarían un coche para salir de la zona.

El FBI, unidades del ejército, los guardacostas e incluso agentes de la policía local peinaron la zona desde la misma mañana de la desaparición, pero no hallaron ningún indicio que diera pistas sobre la suerte de los tres prófugos.

Quienes consideran que los delincuentes no lograron salir con vida de la bahía de San Francisco esgrimen el argumento de que no se denunció ningún robo de coches, contrariamente al plan original rebelado al FBI por el cuarto cómplice. También argumentan que no hubo denuncias de delitos posteriormente, algo extraño en los delincuentes, que habitualmente reinciden en sus fechorías.

Sin embargo, tampoco hay ninguna prueba que demuestre que los tres presos murieran. Cinco semanas después de la fuga, un carguero noruego informó del avistamiento de un cadáver en las aguas de la bahía y ocho meses más tarde apareció un esqueleto humano en el cabo de Point Reyes, a unos cincuenta kilómetros de San Francisco. Pero ninguno de estos indicios pudo atribuirse con seguridad a alguno de los fugados.

Además, pese a que tras la fuga se aseguró que no se habían encontrado restos de la balsa utilizada por los prófugos, un memorando recientemente desclasificado por el FBI habla de los restos de una balsa encontrados en la Isla del Ángel, precisamente el punto al que habían planeado llegar Morris y los hermanos Anglin. Quienes la examinaron, sin embargo, no vieron relación entre esta balsa y los prófugos.

Pese a que en abril de 2011 el FBI desclasificó más de 1700 folios de información sobre el incidente, esta información no ha revelado información esencial para los investigadores. El FBI cerró el caso en 1979, considerando que los tres huidos habían perecido en el intento. Sin embargo, los US Marshalls, los alguaciles estadounidenses que se dedican a la búsqueda de fugitivos, no han dado por cerrado el caso, al no haber hallado pruebas de su muerte. Solo cuando los fugitivos cumplan cien años. Esto significa que el caso continuará abierto al menos hasta el año 2031, fecha en la que cumpliría cien años Clarence Anglin, el más joven de los tres.

Durante más de 29 años, la prisión de Alcatraz fue la tumba en vida de los más peligrosos criminales de los Estados Unidos. Por sus instalaciones pasaron delincuentes tan famosos como Al Capone, George “Machine Gun” Kelly o Robert Stroud, conocido como “el pajarero de Alcatraz” debido a su afición a la cría de canarios.

Conocida como “la isla del diablo”, las condiciones de vida de sus presos eran las más duras del sistema penitenciario norteamericano. Los reclusos eran estrechamente vigilados por unos 90 guardias fuertemente armados que realizaban doce conteos de presos al día. Frente al ratio habitual en otras prisiones del país de más de doce internos por cada guardia, Alcatraz contaba con un guardia para cada tres presos. Dentro del llamado “bloque D” existían algunas celdas especialmente crueles donde se confinaba a los presos a los que se había impuesto aislamientos. Una de las celdas era especialmente conocida por su dureza. En ella el preso era introducido desnudo y abandonado en la más absoluta oscuridad. En la celda solo había un agujero en el centro del suelo por donde hacer las necesidades y al reo solo se le proporcionaba un colchón para dormir a la noche.



De fortín militar a prisión de alta seguridad

El islote fue bautizado en 1775, cuando el explorador español Juan Manuel de Ayala, quien a bordo del San Carlos exploraba California bajo el mandato del virrey de Nueva España Antonio María Bucarelli y Ursúa. Ayala no encontró demasiado interés en el desolado islote, limitándose a bautizarla como Isla de los Alcatraces, en referencia a las numerosas bandadas de aves que anidaban en la roca.

Y es que la situación de la isla no era demasiado apetecible para su ocupación. Se trataba básicamente de un pedazo de tierra de no más de nueve hectáreas, aislado en el medio de la bahía de San Francisco, flanqueada por unas peligrosas corrientes de agua muy frías.

Esas condiciones extremas fueron un factor decisivo para los militares del ejército de los Estados Unidos, que pronto vieron en ella un lugar estratégico para situar un fortín militar. A partir de 1847 instalaron en la isla baterías de cañones destinados a proteger la bahía de San Francisco. Además de fortificar “la roca”, como empezó a ser conocida, los militares construyeron en ella el primer faro de la costa del Pacífico.

Al año siguiente estalló la famosa fiebre del oro, con lo que la necesidad de un punto de defensa en California tomó aún más sentido en la mente de los mandos militares. El Gobierno de los Estados Unidos quería asegurarse así la protección de una California bañada en oro.

En unas pocas décadas, sin embargo, los nuevos avances en balística y armamento hicieron que la función defensiva de Alcatraz quedara obsoleta. Fue entonces cuando quedó claro que el aislamiento de “la roca”, unido a las condiciones de las aguas que la circundaban, constituía un magnífico emplazamiento natural para una prisión de alta seguridad. De esta manera, lo que en un principio fue un fortín militar pasó a convertirse en una de las cárceles más famosas del mundo. Alcatraz estaba situada a tres kilómetros de la costa, rodeada de fuertes corrientes y de unas aguas extremadamente frías y plagadas de tiburones. Pocos podrían aventurarse a escapar de esta prisión.

Sin embargo, a lo largo de su dilatada historia como cárcel, 36 prisioneros intentaron lo imposible. Los 14 intentos de fuga acabaron con 23 detenidos, 6 presos abatidos y cuatro ahogados en las frías aguas de la bahía de San Francisco. Sólo en el caso de Morris y los hermanos Anglin existe la duda sobre si realmente consiguieron su propósito.

Tras 29 años como prisión, Alcatraz cerró sus puertas el 21 de marzo de 1963, pocos meses después de la huida de los tres presos. La fuga de Morris y los Anglin había puesto en duda la seguridad de una prisión cuyo mantenimiento era además el más costoso de todas las cárceles del país. Tras integrarse en el Parque Nacional Golden Gate en 1972, hoy la isla de Alcatraz está gestionada por el Servicio de Parques Naturales de los Estados Unidos y recibe anualmente un millón de visitantes.


Los mineros de la fe

Otra vez me había vuelto a perder. Acerqué el coche al arcén en un cruce de carreteras y di comienzo a una a mi particular pelea contra uno de esos mapas que siempre resultan demasiado grandes y poco precisos. Giré el mapa a la derecha y la cabeza a la izquierda.

Inmerso en aquella curiosa gimnasia de la desorientación, no me había dado cuenta de que alguien había parado a mi lado su todoterreno. Parecía haberse apiadado de mi cómica situación. Me preguntó si necesitaba ayuda.

- Para ir a Laño, sigue por esta misma carretera hasta Baroja y desde allí toma un camino que sale a la derecha de la iglesia. Hay algún bache, pero se puede ir bastante bien.

Es lo que tiene la cosmovisión desde un todoterreno. Según me iba adentrando en el camino pude comprobar con espanto que los “baches” eran en realidad verdaderos cráteres. Mi pobre 307 tampoco parecía estar muy de acuerdo con el concepto de bache que tenía el lugareño, y protestó calándose un par de veces.

El cielo se había transformado de un azul plomizo a un gris oscuro cuando conseguí encontrar la ermita de Nuestra Señora de la Peña. Auténtica magia en estado puro.

Fue la primera vez que me acerqué a ese lugar. Desde aquel día, han sido bastantes las ocasiones en que me he dejado seducir por la visita a unos parajes injustamente tratados y muy poco valorados: en el Condado de Treviño, las localidades de Faido, Laño y Marquinez esconden verdaderas joyas esculpidas en piedra.

Eremitas en Treviño


Me introduzco en el recinto excavado en la roca. Los ojos tardan en acostumbrarse, ya que el contraste entre la oscuridad del recinto y la luz exterior es extremo. Su acústica impresiona. A mis pies, una serie de tumbas.

Datadas hacia los siglos VI y VII, algunas cuevas son agujeros diminutos y claustrofóbicos. Otras son recintos de dos o tres metros cuadrados. Y hay también verdaderas ermitas talladas en la arenisca, con varias estancias comunicadas entre si.

La mayor parte de las cuevas eremíticas de Treviño se extienden a ambas márgenes del pequeño valle que da acceso al pequeño pueblo de Laño. Una serie de moles de arenisca que comparten una particularidad: fueron durante muchos años morada de personas que decidieron retirarse de la sociedad de su tiempo. Santorkaria a la izquierda, con dos decenas de cuevas, y el conjunto de Las Gobas a la derecha, con once cuevas artificiales.

No es difícil imaginar la tremenda soledad que podían “disfrutar” aquellas gentes que habían decidido emplear su vida en semejante aventura espiritual.

Al entrar en algunas de ellas, angostas y asfixiantes, uno no puede sino sobrecogerse y preguntarse sobre el por qué de tan drástica decisión.

Buscando a Dios en las rocas


En los primeros tiempos del cristianismo fueron muchos los que optaron por escapar de la vida “mundana” y entregarse por completo al espíritu. Así, en un tiempo a caballo entre lo salvaje y lo divino, Dios se convirtió en el centro absoluto de las vidas de mucha personas.

En ese intento de alejarse del mundo, fueron diversas las fórmulas empleadas por aquellos hombres y mujeres. Muchos de ellos llevaron su fervor religioso al extremo. Algunos eligieron un camino público y ostentoso, como aquel San Simeón de Siria, que pasó más de treinta años arengando y delirando sobre una columna a 20 metros de altura. Otros se hicieron emparedar de por vida en unos pocos metros cuadrados. Pero la gran mayoría de estos creyentes eligieron pasar sus días en la soledad de los montes. Fueron los eremitas, aquellos que profesaban su fe en las oquedades de las rocas.

A día de hoy son pocas las referencias fiables que tenemos en torno los anacoretas de estas tierras, y aún así hemos de ser conscientes de que esas pocas informaciones están contaminadas por el devenir de los tiempos. Así, un eremita como San Millán fue convertido por la propaganda de épocas no tan pretéritas en un auténtico guerrero “mata moros”.

Lo único que parece claro es que el movimiento eremita entró en declive debido fundamentalmente a la intervención de la Iglesia. La jerarquía eclesiástica, preocupada por un movimiento que escapaba a su dominio, intentó canalizar aquellas sinergias de un modo mucho más controlable. Así, el retiro del mundo pasó a ser algo estrictamente organizado y fundamentado en unas reglas. Se desarrollaron de este modo las órdenes monásticas que hoy nos son tan familiares. Y aunque siguieron existiendo eremitas, el movimiento pasó a resultar algo anecdótico.

Pequeñas joyas en la piedra


Las cuevas de Laño no son, ni mucho menos, las únicas del entorno. Sin salir del Condado de Treviño, encontramos cuevas eremíticas en Markinez y en Faido. En este último enclave se da un curioso ejemplo de superposición, una suerte de símbolo del intento eclesiástico por controlar el eremitismo. Así, sobre una cueva artificial del siglo VI se erigió hacia el siglo XIII la actual ermita de Nuestra Señora de la Peña.

En cuanto al conjunto de cuevas de Markinez, la sacralidad de la zona se ha mantenido hasta hoy durante cientos de años. Así, muy cerca de las cuevas eremíticas se construyó en 1226 una pequeña y deliciosa ermita dedicada a San Juan.

Sin embargo, en las “gobas” de Laño no ha habido superposición de elementos sagrados. Por alguna razón que desconocemos, aquel lugar sagrado fue olvidado y relegado a la categoría de refugio ocasional de pastores.

Hoy los viejos roquedos tienen otros moradores. Pequeñas rapaces y córvidos son los nuevos eremitas. Una pareja de aviones comunes planea inquieta en torno a los recuerdos de una forma de vida que hoy nos es difícil asimilar.

En un intento por comprender aquella locura, con una extraña mezcla de curiosidad y morbo, me he introducido en una de esas pequeñas oquedades intentando contagiarme de algún modo de los sentimientos de aquellos eremitas. Cierro los ojos y dejo fluir mis pensamientos. Vano intento el del hombre del siglo XXI. Repentinamente, un pensamiento tan mundano como inesperado se ha apoderado de mi mente en blanco.

Estamos a 31 y van a pasar la hipoteca.

El misterio de la nao San Lesmes


Fue un siglo tormentoso. La competencia entre las Coronas de Castilla y Portugal era tremenda. Estos dos imperios se disputaban el mundo occidental. Si bien es cierto que el tratado de Tordesillas, promovido por el Papa, establecía un principio de acuerdo para el reparto del mundo, el recién descubierto Océano Pacífico fue motivo de nuevas disputas.

Las islas Molucas llamaron enseguida la atención de esos dos imperios. En ese contexto, la Corona española encomendó a García Jofre de Loaisa una expedición a esas islas. La expedición, compuesta por siete naves y unos 450 marineros, partió de A Coruña en 1525 con el mandato de encontrar oro y especias y poner las Molucas bajo jurisdicción hispana.

El viaje de las siete naves no fue lo que hoy consideraríamos un crucero de placer. La Sancti Spititus se hundió en una tormenta cerca de las costas patagónicas. La Anunciada se perdió en el Atlántico al poco tiempo, al alejarse demasiado de la costa. Por último, la tripulación de la nao San Gabriel, se amotinó y volvió a la península.

Sólo cuatro carabelas entraron en el Pacífico, aunque no permanecieron juntas por mucho tiempo. Otra tormenta dispersó para siempre a los barcos. La nao capitana Santa María de la Victoria fue la única que consiguió llegar a las Molucas.

La nao San Lesmes desapareció poco después de entrar en el Océano Pacífico. Quizás corrió la misma suerte que otras muchas naos de la época. Es posible que esa carabela se hundiera y sus tripulantes recibieran el último descanso en el fondo del mar. Pero hay motivos para pensar que esa embarcación tuvo una suerte distinta.

No se hundió


El australiano Robert Langdon es catedrático de Historia de la Navegación del Océano Pacífico. Ex periodista, reunió lo fundamental de su teoría en sus obras “The Lost Caravel” y “The Lost Caravel Reexplored”. Según esa hipótesis, la San Lesmes no se hundió y algunos marineros, vascos y gallegos en su mayoría, consiguieron sobrevivir, dejando rastros de su odisea en Polinesia y Nueva Zelanda.

Según Langdon, una vez dentro del Océano Pacífico la nao San Lesmes puso rumbo a las Molucas, pero quedó encallada en el atolón de Amanu, en la actual Polinesia Francesa. La tripulación tuvo que desprenderse de los cañones para poder desencallar la nave. Una vez conseguido esto pasaron un tiempo en la isla de Anaa, donde se relacionaron con algunas mujeres y tuvieron descendencia. La tripulación, o su descendencia, se dispersó por varias islas del Pacífico – Nueva Zelanda, Tahití y Rapa Nui, entre otras-, dejando en ellas algunas influencias y pistas de su periplo.

Para establecer el destino de las carabelas, Langdon ha recurrido a pistas genéticas, históricas y arqueológicas. Por ejemplo, un estudio realizado en París demostró que los cañones encontrados en el atolón de Amanu fueron manufacturados a principios del siglo XVI. Langdon cree que esos cañones pertenecen a la San Lesmes.

Otra serie de pistas apoyan la teoría de Langdon. Por ejemplo, sigue siendo un misterio cómo y cuándo se introduce la batata en Nueva Zelanda. Según Langdon fue la tripulación de la San Lesmes la que introdujo este tubérculo. Precisamente en estos últimos años ésta ha sido una nueva línea de investigación para el historiador australiano.

Los maoríes construían hacia el siglo XVI una especie de almacén especial para guardar las batatas. Estaba levantado sobre piedras a fin de proteger los tubérculos de los roedores. Precisamente la misma forma y función que el hórreo gallego. Miembros de la sociedad gallega Pedro Sarmiento de Gamboa le hicieron llegar a Langdon un dato novedoso: esos almacenes son denominados “pataca” en lengua maorí, la misma palabra que sirve en gallego para denominar a la batata.

Por otro lado, los europeos que se acercaron a la zona dos siglos y medio después encontraron algunas cosas curiosas. El periodista donostiarra José Manuel Alonso Ibarrola ha seguido el rastro al capitán getariarra Domingo de Bonetxea. En el siglo XVII tanto Bonetxea como el famoso capitán Cook, encontraron varias sorpresas en Tahití. “Los lugareños saludaban dando la mano, sabían orientarse mediante estrellas, algunas palabras parecían castellanas, las caras de algunos indígenas tenían gran similitud con las de los occidentales… además Bonetxea afirma en uno de sus cuadernos de navegación que en llegó a ver una cruz”, explicó Alonso Ibarrola en un artículo aparecido en el diario Egin en 1993.

Otras posibilidades


La de Langdon no es la única hipótesis sobre la cuestión, aunque sí la que más fama ha adquirido. El francés Roger Hervé trabajó otra teoría: la San Lesmes llegó a Australia tras pasar por Nueva Zelanda y Tasmania. Tras un amargo recorrido, los marineros fueron atrapados por los portugueses. Hervé basa su propuesta en algunos restos hallados en la zona, aunque el influjo dejado por los marineros de la San Lesmes es bastante más limitado en este planteamiento.

Las investigaciones desarrolladas por otros expertos van más en la línea de Hervé. Francisco Mellen, presidente de la Asociación Española de Estudios del Pacífico, nos hizo llegar su opinión: “No hubo tal naufragio de la San Lesmes en las Tuamotu. La carabela siguió rumbo oeste para tocar las costas australianas”. En lo referente a los cañones, nos dice que son restos de un buque del siglo XVIII, “nada tienen que ver con la carabela del siglo XVI”.

Annie Baert es profesora de castellano en Papeete y Doctora en Estudios Ibéricos. Para ella, el verdadero misterio está en determinar el recorrido de la carabela. La teoría de Langdon es inaceptable en su opinión.

El australiano distinguió tres tipos de influencias: genética, material y espiritual.”Si es delicado explicar lo de la influencia genética, en cambio no se puede sostener la influencia material, a no ser que se considere a los polinesios como un pueblo subdesarrollado”. En cuanto a la influencia espiritual, Annie también se muestra contraria. “Me parece difícil que en tan poco tiempo se hayan podido introducir tales creencias religiosas. Además, los polinesios no necesitaban ningún extranjero para imaginar mitos sobre la creación del mundo”.

Independientemente de que sea Langdon o Hervé quien tenga razón, las culturas del Océano Pacífico son fuente de innumerables sorpresas para quienes tienen la suerte de acercarse a ellas. Los hondarribiarras Santi González y May Errazkin dieron la vuelta al mundo en un velero junto a sus hijos Urko y Zigor. Pasaron mucho tiempo en multitud de islas del Pacífico y, por supuesto, también fondearon su barco en Tahití.

Lo narrado por Santi en su libro Aventura a toda vela da qué pensar: “Cuando empezamos a aprender el polinesio nos dimos cuenta de que muchas palabras vascas y polinesias coinciden en significado y pronunciación: aitá, aitona, maitea, titia… También contemplamos incrédulos, Mayi y yo, un espectáculo dearrijasotzailes, o levantadores de piedra vascos, efectuado por los enormes tahitianos con arreglo a su tradición. Incógnitas del Pacífico.”